miércoles, 5 de diciembre de 2018

Caza fortunas


-Llevo ya unos meses sintiéndome vigilada -me confesó-. Creo que no deberíamos retrasarlo más, o se echará todo a perder.
Sentada frente a mí en aquel bar de carretera, Ángela se mordía las uñas, combinándolo con miradas furtivas a la puerta. Yo tomé un sorbo de mi café intentando parecer tranquilo.
La primera vez Ángela había escogido a un viejo verde que le sacaba veinte años, con un sueldo de unos cien mil euros al año. El hombre sufría del corazón y del estómago y se encaprichó con esa coqueta joven de veinte años. Su herencia está escondida por varios paraísos fiscales, aunque hubo que compartirla con un par de hijos impertinentes.
El segundo marido vino cuando ya había cumplido los treinta. Esta vez eligió mejor: un hombre solo diez años mayor, sin hijos y más entregado al trabajo que a haber encontrado una familia.
Hace ya diez años de eso, en mi opinión, ha esperado demasiado. Pero cometió el error de quedarse embrazada.
Ella   lo ha ido retrasando por ese motivo, y yo, paciente, no la he metido prisa.
-Cariño, si este momento se ha alargado en el tiempo ha sido por tu hija. Deberías haber esperado menos. Ya te lo advertí. Dos, o como mucho tres años, y él comienza a enfermar gradualmente. luego de un par de años, la enfermedad gana la partida y listo. Como la otra vez.
Me dolía verla así, siempre alerta. Hasta yo había empezado a desarrollar esa sensación de peligro continuo. Intentaba disimularlo ante Ángela, pero no podía quitarme de encima esa sensación de unos ojos siempre clavados en mí.
-Ahora eso no nos sirve. Estoy segura de que sospecha sobre lo nuestro. No confía en mí.
Hizo una pausa que aprovechó para recorrer el bar con la mirada y, acercándose a mí por encima de la mesa, declaró casi susurrando:
-Estoy segura de que ha contratado un detective. ¿No podrías investigarlo?
No pude evitar soltar una carcajada. Desde luego no entendía por qué seguía con ese hombre tan bobo.
Entonces sonó su teléfono y ella se apresuró a contestar.


Salí antes del trabajo con la excusa de que mi hija estaba enferma. Tenía aún media hora antes de que cerrasen las tiendas para comer. No había cruzado la calle y la sensación de unos pasos tras los míos se apoderó de mi cuerpo. No pude evitar caminar más rápido.
Tranquila, Ángela, tranquila, no paraba de repetirme, no merece la pena obsesionase con eso. 
Pero sabía que él me vigilaba. Sabía que controlaba mis pasos. No podía evitar volver la cabeza a cada esquina, ni agarrar el asa del bolso hasta dejar blancos los dedos. Martín me había asegurado que mi marido no confiaba ya en mí.  Por eso debíamos actuar deprisa. Tal vez ya lo sospechaba. Seguramente se hubiese dado cuenta. ¿Por qué contrataría un detective sino? En ese negocio todo se sabe y Martín trabajaba para la empresa de mi marido. Seguro que era por mí. Si fuese para la empresa hubiese despedido Martín, ¿no? ¿Y si lo sabía? ¿Y si sabía lo que tramábamos?
Sujeté aún más fuerte el bolso y casi eché a correr hasta llegar a un supermercado situado a unas cinco manzanas de mi trabajo. Me detuve en la puerta. Eché un rápido vistazo a mi alrededor y, tras asegurarme de que no había nadie sospechoso cerca, entré.
Fui directamente en busca del matarratas. Sentía la mirada de los clientes sobre mí. También la cajera me miraba desconfiada.
-Si tiene una plaga de ratas, le puedo pasar el teléfono de un experto -comentó la mujer mientras leía el código del envase.
-No, creo que puedo arreglármelas. Es solo una molesta rata. No merece la pena gastar tanto dinero por nada -le respondí impaciente.
-Suerte con la rata entonces -me deseó la cotilla de la cajera.
Le di las gracias con una media sonrisa y salí de allí tan rápido como me podía permitir para no llamar la atención.


Tras diez años de feliz matrimonio, o esa era mi percepción del asunto, he descubierto una triste verdad: mi mujer tenía un amante.
No sé cuánto llevaban juntos, pero desde hacía un tiempo ella pasaba más horas que de costumbre en el gimnasio, o se iba de viajes de negocios de fin de semana.
Decidí contratar a un detective en el momento en el que me crucé con una de las amigas con las que se suponía había quedado para ir al cine. Me aseguró que no había hablado con ella desde hacía días. Comencé a revisar sus facturas, pero no había nada sospechoso más allá de la compra de ropa nueva que nunca había visto en el armario y, un perfume diferente al que acostumbraba a usar. Comencé a comprobar sus cuartadas (casi siempre falsas) y a desconfiar de su palabra.
El detective, un tal Martín Martínez, estuvo siguiéndola durante al menos un año. Pero nunca descubrió nada sospechoso. Me traía fotos de ella entrando en el cine con alguna amiga, yendo a la compra o en el gimnasio de costumbre después del trabajo. Un dinero perdido, menudo charlatán, un sacacuartos cualquiera.
Hoy he tenido una reunión con él. Habíamos quedado a las cinco en su oficina.
Cuando llegué la secretaria me indicó que esperase, que Martín estaba reunido.
La voz de una mujer llegó hasta mis oídos. No había duda, era mi esposa.
-Está todo preparado. Te dejo aquí la botella. Recuerda, la copa de la derecha. No te equivoques -le estaba diciendo ella.
¿La copa de la derecha? ¿Todo preparado? Sus palabras me parecieron de lo más extraño mientras esperaba en la recepción de su despacho a que me atendiese. No parecían haberse dado cuenta de que la puerta no estaba cerrada del todo.
La mujer del despacho salió y se dirigió a la salida, pero al verme se detuvo.
-Oh, Julián. ¿Tu también vienes a ver a Lucas Lupe? -preguntó volviendo la vista hacia el cartel que había en la puerta de la derecha de la recepción.
-No, no necesito un abogado de divorcios. Había venido a ver a Martín. Está llevando unos asuntos de la empresa, ya sabes, un cliente que debe dinero -mentí.
-Entonces no te entretendré, nos vemos en casa dijo, y se marchó apresuradamente.
Cuando entré en el despacho del detective, este me esperaba con una botella de vino en la mano y dos copas sobre la mesa del despacho.
-¿Quieres un poco? -me ofreció sirviendo en las copas.
-No, gracias. No bebo cuando estoy reunido.
Él asintió y dejó las copas donde estaban. Luego procedió a contarme que mi esposa había ido a verle tras descubrir que yo había contratado sus servicios por una factura que había encontrado, o algo así. No creí ni una sola de sus palabras, pero le escuché en silencio haciendo comentarios con oportunos monosílabos en los momentos adecuados de sus relatos.
Después de casi media hora de monólogo, la secretaria vino a interrumpirnos con el pretexto de que otro cliente reclamaba su atención con urgencia. Martín se apresuró a salir de su despacho con educadas disculpas. Aproveché la oportunidad y cambié las copas de orden.
A su regreso le comuniqué que había decidido prescindir de sus servicios, ya que su informe era favorable ante la fidelidad de mi esposa y, después de sus palabras, veía peligrar mi relación por culpa de la desconfianza que este asunto habría generado en mi esposa. Le ofrecí brindar por su excelente trabajo. Él tomó la copa que le quedaba más cerca y, el muy ingenio, tras el brindis, se bebió todo su contenido de una vez.
Ahora estoy camino de la comisaría para denunciar un intento de asesinato. Si me adelanto a ella, es más probable que el juez se crea que ha sido un mero accidente.

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