jueves, 27 de julio de 2017

Nueve cisnes blancos (Basado en las historias de Hans Christian Andersen y los hermanos Grimm)

-Siento haber creído que eras una bruja -se disculpó el rey-, me dejé convencer por pruebas circunstanciales.
-Acepto tus disculpas Ebile. No podía defenderme, por lo que cualquiera podía haber llegado a esa conclusión sin que pudiese desmentirlo.
-Me siento en desventaja amada mía -confesó él tras un breve silencio-, tu conoces mi nombre pero yo aún no se el tuyo.
-Me llamo Elita, y los nueve jóvenes que fueron cisnes, son mis hermanos.
-¿Puedo preguntarte una cosa Querida Elita? ¿Cómo se convirtieron en cisnes? ¿Por qué camisones de ortiga? ¿Por qué no intentaste explicármelo antes de pasar por todo esto? Ya has dicho que no podías hablar como parte del contra hechizo. Pero hay otros métodos de comunicación no verbales y...
-Calma, eso son muchas preguntas. La verdad, es una larga historia querido esposo. Será mejor que comience por el inicio.
Había una vez un hermoso reino al otro lado del mar, donde gobernaban nos reyes muy queridos por su pueblo.
Los monarcas tenían nueve hijos varones y una única hija, que coincidía con ser la menor de los hermanos.
Siendo yo aún pequeña, mi madre murió y, mi padre volvió a casarse por el bien de sus hijos y del reino según sus palabras.
Nuestra madrastra no tuvo reparo alguno en mostrar su odio hacia nosotros casi desde su llegada al palacio. Supongo que estaba celosa de que nuestro padre nos dedicas e más tiempo a nosotros que a ella.
-Mimas mucho a tus hijos -le oí comentarle un día-, si les consientes tanto se harán débiles y confiados. Mira por ejemplo a tu hija, ni siquiera sale al jardín por miedo a ensuciarse sus hermosos vestidos.
-No creo que ese sea el motivo -me defendió mi padre.
-Querido esposo, realmente necesita aprender que no todo el mundo es como nosotros. A veces la miro y pienso que nunca podrá llegar a ser una gran reina si la enseñamos que puede conseguir todo lo que desee solo con pedirlo.
-¿Y que sugieres hacer al respecto?
-En mi opinión deberíamos enviarla a vivir un tiempo al campo. Allí aprenderá mejor los valores dignos de una dama. Vera de cerca como viven aquellos que no tiene nada y así sabrá como ayudarlos cuando algún día sea reina. Esta experiencia le hará más sabia y fuerte. Toda futura reina debería hacerlo.
Mi padre se dejó convencer por mi madrastra y así fui enviada a vivir con campesinos sin más riquezas que el vestido que llevaba puesto.
Debía regresar al palacio al cumplir los quince años, pues debía ser educada para que el día que se me asignase marido ser una digna esposa.
Los años que pasé en el campo fueron largos y duros. A menudo pasé hambre y frio. Tenía que ayudar a mi familia de acogida en sus labores diarias para lo que me levantaba ya costaba con el sol.
Por fin llegó la fecha en la que se me permitía regresar al hogar de mi infancia. Pero resultó no ser como lo recordaba.
La primera persona que me recibió fue mi madrastra.
-¡Válgame dios! -exclamó-, que sucia vas niña, cubierta de polvo y harapos, tu padre no puede verte así.
Me ofreció un baño y acepté gustosa. ¡Inconsciente de mí que no había sido advertida de su maldad!
Tras el baño fui llevada a presencia de mi padre.
Al entrar en el salón de recepciones esperaba ver a mis hermanos junto al monarca. Pero solo estaban mi padre y mi madrastra.
Él me observó con gesto serio, mientras su esposa sonreía sin disimulo
-¿Esta muchacha no es mi hija! - sentenció finalmente-, ¡echadla del palacio, es claramente una impostora!
No pude dar crédito a lo que oía. ¿Cómo podía ser que no me reconociese?
Intenté explicarle que era realmente su hija, que simplemente había crecido. Pero no s eme permitió.
Fui conducida fuera del palacio con la amenaza de acabar en prisión si regresaba, por lo que aquel mismo día comencé mi viaje en busca de un nuevo lugar donde vivir.
Caminé durante horas por el bosque que rodeaba la cara este del castillo. Miles de preguntas acudieron a mi mente en medio de la soledad. ¿Por qué mi padre no me había reconocido? ¿Dónde estaban mis hermanos? ¿Por qué no habían acudido a recibirme?
Sumida en mis pensamientos, no vi a la anciana que venía por el camino en dirección opuesta a la mía.
-¡Oh!, lo siento mucho -me disculpé tras chocar con ella- deje que le ayude.
Recogí las vayas y frutas que se habían esparcido por el suelo y volví a meterlas en su cesta.
-Gracias muchacha, a esta edad una está algo mayor para recoger la fruta del suelo -respondió ella con voz melancólica.
-Es lo menos que podía hacer, su cesta se derramó por mi culpa.
-Eres muy amable jovencita. ¿Puedo preguntarte que haces sola en el bosque?
-Voy en busca de mis nueve hermanos - respondí, las palabras parecían salir de mi boca por si solas, ni siquiera estaba pensando lo que decía- ¿no les habrá visto, verdad?
-No, -reconoció ella como disculpándose por no poder ayudarme- lo siento. Pero sí vi nueve cisnes blancos que se dirigían hacia el mar del otro lado del bosque -añadió con tono pensativo-. Creo que llevaban tiaras de oro. No se si te ayuda en algo.  Si sigues recto por este camino llegará s ala playa antes de que anochezca.
-Muchas gracias señora.
-Ah, se me olvidaba, -añadió antes de que pudiese ponerme en marcha- cuando llegues al río lávate esa cara y esas manos, las tienes cubiertas de crema de negro barro.
Volví a darle las gracias y ambas continuamos nuestros respectivos caminos, pero al volver la cabeza tras dar unos pocos pasos la anciana había desaparecido.
Continué por el bosque en la dirección que ella me había indicado. Las preguntas volvieron a invadir mi mente.
¿Realmente mi madrastra me había cubierto de barro la cara? Eso podría explicar por qué mi padre no me había reconocido. Pero no lograba comprender sus motivos.
Al llegar al río me lavé la cara y las manos hasta que no quedó ni rastro del barro. Luego seguí su cauce hasta llegar al mar.
Allí terminaba mi viaje. No tenía forma de atravesar el ancho océano, ni tampoco podía regresar por donde había venido.
Cansada y sin tener a donde ir, me senté en la playa esperando encontrar pronto una solución al problema.
Con los últimos rayos del sol, nueve cisnes blancos con tiaras de oro aparecieron por el horizonte. Venían desde el mar y claramente se dirigían justo a donde yo estaba. ¿Serían los mismos cisnes de los que me había hablado la anciana?
El sol se ocultó en el mismo instante en el que los cisnes tocaron tierra. Pero en la playa no había cisnes, sino nueve jóvenes con tiaras de oro que me observaban desde la orilla.
Tardé solo un instante en reconocerles. Habían crecido, al igual que yo, pero seguían siendo mis hermanos.
Ellos también me reconocieron y quisieron saber mi historia. Les conté mi vida en el campo y como nuestro padre me había echado del palacio por las malas artes de nuestra madrastra. Luego ellos me contaron cómo habían llegado a ser cisnes.
-También fue nuestra madrastra -me contaron-, poco después de que te fueras. Vino a vernos un día y nos quiso regalar una camisa de seda blanca a cada uno. Una muestra de su cariño, nos dijo. Pero resultaron estar encantadas, por lo que al ponérnoslas nos convertimos en cisnes.
Según me dijeron solo eran cisnes por el día, mientras que de noche, recuperaban su apariencia humana.
Después de aquello no podían permanecer en el palacio y, se vieron obligados a huir del reino. Cruzaron el mar y se instalaron en este que nos encontramos ahora, regresando al nuestro solo nueve días al año con la esperanza de encontrarme y poder llevarme a su nuevo hogar lejos de la bruja que es nuestra madrastra.
-Vosotros podéis volar, pero yo no tengo forma de cruzar el mar - les recordé.
-Construiremos una red y te llevaremos en ella volando sobre sus aguas. -sugirió el mayor de ellos.
Dicho y hecho.
Pasamos toda la noche construyendo la red y, ya era casi de día cuando, una vez terminada, me quedé dormida sobre ella.
Cuando desperté el sol estaba ya muy alto en el cielo. Mis hermanos me llevaban volando por encima de las nubes sujetando la red con sus patas.  A esa altura el mar parecía un cuadro pintado en el suelo.
El viaje fue tranquilo y sin sobresaltos hasta que el sol empezó a ocultarse en el horizonte. Fue entonces cuando comencé a inquietarme, faltaba poco para el anochecer y no había ni rastro de la otra orilla. Mis hermanos me habían dicho que se tardaba un día entero en cruzar el mar, saliendo con el primer rayo de sol y apenas llegando cuando comenzaba a ocultarse.
Me puse nerviosa, pues seguramente el retraso se debía al peso extra que tenían que llevar y, por tanto, había posibilidades de que no alcanzásemos la costa a tiempo. 
Por suerte, cuando el sol ya casi había desaparecido por el horizonte, la playa apareció ante nosotros como un espejismo lejano. Y, justo cuando el último rayo se perdía en el mar, aterrizamos en la orilla.
Esa misma noche una mujer se me apareció en sueños.
Me recordaba a la anciana del bosque, solo que era mucho más joven y hermosa.
-Hola Elita -me dijo-, veo que has encontrado a tus hermanos.
-Si..., -dudé-, pero son cisnes encantados- respondí finalmente.
-Cierto -reconoció ella-, pero no siempre lo fueron. -la miré con curiosidad- Lo que era antes puede volver a ser.
-¿Quieres decir que el hechizo se puede romper? -pregunté esperanzada.
-Hay una manera, pero es muy arriesgada, no se si serías capaz -confesó.
-Dime que he de hacer y prometo llevarlo a cabo sea lo que sea -insistí sin miedo.
-si el hechizo deseas romper -comenzó a recitar como si de una cancioncilla se tratase-, nueve camisones de ortiga has de coser, ve al cementerio para poderlas recoger. Pero escucha bien mi advertencia, pues palabra no has de pronunciar, ni reír, ni llorar, ni siquiera gritar podrás, desde que comiences, hasta que llegues al final, o el encantamiento jamás romperás.
Yo guardé silencio. No era algo que debiese tomarme ala ligera. Pero finalmente decidí que así haría.
La joven desapareció sin añadir nada más y, en ese momento desperté.
Mis hermanos ya se habían marchado, pues hacia rato que había amanecido.
Habíamos pasado la noche en una cueva situada a la entrada del bosque que crecía junto a la playa. Alrededor de nuestro refugio crecían las ortigas que necesitaría para coser los camisones, así que decidí comenzar a recogerlas esa misma mañana, para poder confeccionar el lino que necesitaba para realizar mi tarea.
El tiempo fue pasando sin novedades, hasta que, cuando terminé el cuarto camisón, apareciste tú.
Era un día soleado, ibas de caza con tu sequito y algunos amigos.
Uno de tus perros se detuvo a la entrada de la cueva ladrando enérgicamente.
Yo asustada fui a esconderme al fondo de la caverna, pero él siguió insistiendo.
-Lum, ¿Qué has encontrado? -Te oí preguntar desde la entrada.
Entonces te asomaste para ver que había hecho detenerse al animal. Entonces fue cuando me viste, gracias a la luz que se colaba desde la entrada.
-Oh, vaya Lum, -dijiste mientras le acariciabas-, pero si es una muchacha.
Yo te observaba mientras intentaba mantener la distancia que nos separaba.
-Tranquila. No pretendo hacerte daño -me aseguraste acercándote despacio.
Me habría gustado decirte que te fueses, que yo estaba bien ahí, que no vivía sola y que en realidad no es que te tuviese miedo, sino que no quería arriesgarme a que decidieses llevarme lejos de allí. Pero no podía o, más bien, no debía hacerlo.
-¿Cómo te llamas? ¿Qué haces aquí sola? -preguntaste, pero yo no respondí. Simplemente me limité a mirarte un instante y luego volví a centrarme en mi tarea.
-¿Eres muda? -insististe. Yo me limité a ignorarte.
Entonces llamaste a tu sirviente para que recogiera los camisones y las ortigas que yo intentaba proteger, seguramente intuyendo que, por algún motivo, eran importantes para mí. Habías decidido llevarme contigo a tu palacio y yo no tenía forma de negarme.
Una vez en el castillo se me asignó una habitación donde podría continuar mi tarea, pero poco a poco el tiempo el tiempo que le dedicaba fue disminuyendo conforme aumentaba el que tú me reclamabas.
Pasado un tiempo me declaraste tu amor y me pediste matrimonio.
Acepté con un asentimiento de cabeza. En realidad yo también te amo, pero en ese momento no podía expresar emociones.
La boda se celebró poco después y tras la ceremonia tuve que trasladarme a tu habitación, lo que inicialmente me apreció un obstáculo par mi cometido. Sin embargo, debía terminar los camisones o nunca podría volver a hablar.
Comencé a ausentarme de tu lado todas las noches después de que te hubieses quedado dormido y, así poder seguir cosiendo tranquilamente.
Pese a que desde mi llegada al palacio no había tenido mucho tiempo para coser, ya había terminado dos camisones más. Pero no me quedaban ortigas para comenzar el séptimo.
Tras mucho pensarlo, decidí escaparme en mitad de la noche e ir al cementerio en su busca. El hada había dicho que esas eran las ortigas que debía usar y, además debía recogerlas yo misma-
Esa misma noche me deslicé fuera de nuestra cama y me encaminé hacia mi objetivo sin percatarme de que alguien me seguía. Entré en el cementerio y comencé a recorrer las tumbas intentando que el lugar no me afectase, recogería las ortigas y regresaría al palacio.
Repetí el proceso varias veces a lo largo de un año sin que nada sucediese.
Pero una noche sentí la presencia de aquel que me espiaba, estaba segura de no estar sola en el cementerio y me inquietó pensar en la posibilidad de que me hubiesen seguido hasta allí y desde cuando lo hacían.
Sucedió lo mismo la siguiente y última noche que fui al cementerio. Esta vez al regresar al castillo fui detenida y llevada a los calabozos, donde me esperaban los 9 camisones casi terminados.
Al parecer tu consejero nunca había confiado del todo en mí, menos aún cuando me vio salir del castillo varias de aquellas noches. Tras mucho insistir e insistir, además de conseguir supuestas pruebas de a donde iba y lo que suponía que hacia allí, consiguió convencerte que le dejases mostrártelo él mismo.
Fui acusada de brujería y condenada a muerte. No podía defenderme.
Al día siguiente fue mi juicio, injusto e innecesario, pues no iba a cambiar la condena.
La ejecución sería al amanecer y, la forma, la hoguera.
Durante todo ese tiempo no pare de coser, no me faltaba mucho para terminar el noveno camisón, pero debía hacerlo antes de morir, o todo mi esfuerzo no habría servido para nada.
Durante el camino a la plaza donde me esperaba el verdugo, el pueblo se agolpaba a ambos lados del carro gritando "bruja", "muerte a la bruja", a la vez que me lanzaban verduras, sal, pimienta y ajo.
 Todo el trayecto me concentré en mi propósito ignorando a aquellas gentes tan volubles que, hacia tan solo unos días, se enorgullecían de que fuese su reina.
Al llegar a la plaza fui atada al poster que se erguía en el centro den escenario de leña lista para ser quemada.
El verdugo leyó los cargos contra mí y, a continuación los camisones fueron colocados a mis pies.
El hombre encendió una antorcha y la arrojó a la plataforma de seca madera que ardió con facilidad.
El fuego se extendió veloz envolviéndome por completo.  El humo era espeso y me impedía respirar con normalidad.
Pese a la tos y a que no podía ver seguí cosiendo. Si debía morir, no seria rindiéndome a mi destino.
De repente nueve cisnes blancos cruzaron el cielo en dirección a las llamas y sin vacilar se introdujeron a través de ellas. Los animales recogieron uno por uno los nueve camisones de ortiga y se los pusieron al tiempo que abandonaran la hoguera.
-Recuerdo bien ese momento -la interrumpió Ebile-. Yo observaba la escena con tristeza. Por muy obvio que mi consejero dijese que era, aún deseaba que fuera un error.  Pero las pruebas estaban en tu contra, amada mía, y debía cumplirse la ley.
La aparición de los cisnes fue un rayo de esperanza para mí, una clara señal de que mi consejero se había equivocado y, eso fue lo que pasó.
Nueve cisnes entraron en la hoguera, pero de ella salieron nueve jóvenes, tan humanos como cualquiera de los allí presentes. La única señal que quedaba de lo que habían sido tan solo unos segundos antes era un ala de blancas plumas de ave que uno de ellos llevaba en lugar de brazo izquierdo.
En ese preciso instante, el fuego se consumió de golpe y, un gran rosal cubrió la plataforma a medio arder. Tú seguías atada al poster de metal que, aún caliente, abrasaba u espalda, brazos y piernas. Te habías desmayado.
Antes de que nadie pudiese reaccionar, uno de los nueve hombres se acercó hasta donde estabas y desató las ataduras   mientras los demás protegían la plataforma.
Me acerqué a ellos con cautela. El odio se reflejaba en sus miradas, pero no era a mí a quien iban dirigidas.
-Nosotros ya sabíamos que Ebile había actuado a consecuencia de las malas artes de su consejero -intervino uno de los nueve hermanos-. Te hemos estado vigilando -reconoció- y, velando por ti todo este tiempo hermanita. No hay que olvidar que la gente no presta atención a un ave muda y, tampoco que por las noches volvíamos a se humanos.
-Oh, amada mía, te ruego que me perdones por el sufrimiento que pudiese haberte causado.
 -Ebile, amor mío, -respondió ella tomando las manos de él entre las suyas- no podías saber, nadie podía. Pero acepto tus disculpas y perdono a tu triste corazón. A partir de hoy nada podrá separarnos.
Y así fue.
A partir de aquel día, Ebile y Elita fueron felices y vivieron una larga vida de amor, confianza y alegría, junto a los hijos que tuvieron.
Los hermanos de Elita regresaron a su reino para llevar a su padre las buenas noticias.
Al llegar descubrieron que la bruja se había marchado hacia algún tiempo.
 El rey, ya mayor, se alegró de recuperar a sus hijos y, además, de la buena fortuna de su querida hija.
A la muerte del rey, años más tarde, los príncipes gobernaron su reino con bastante acierto y sabiduría.
Respecto al ala del menor de ellos, una noche el hada se le apareció en sus sueños y le devolvió su brazo, pudiendo olvidar por fin que un día fue un cisne blanco embrujado por una malvada hechicera.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            


jueves, 13 de julio de 2017

El aburrimiento

Pienso en nada,
En nada pienso.
El tiempo pasa,
Pasa el tiempo,
Y al pasar crece,
Y crece el aburrimiento.
¿Qué hacer?
¿Hacer qué?
¿Por qué pasa el tiempo?
El tiempo, ¿Por qué pasa?,
Y al pasar crece,

Y crece el aburrimiento.

martes, 20 de junio de 2017

Anochecer



Ya el día llega a su fin.
Y el sol se va a dormir.
Con su pijama dorado
Y los dientes ya lavados,
En su manta de nube,
Sol se cubre.
Ya salió la luna,
Con forma de cuna,
Lleva un gorrito negro
Y un libro de cuentos.
Se sienta la luna en su silla,
Toda ella bien erguida,
Y a leer comienza,
A ese sol que ya bosteza.
Arropado por su nube,
Que hasta el cuello le cubre,
Sol se queda dormido
Soñando con su contenido.
Y mientras la luna vigila
Sentada en su silla,
Sol duerme plácidamente.
Hasta que el nuevo día llegue.

miércoles, 7 de junio de 2017

El viejo reloj de madera

Viejo reloj de madera
Que la pared adornas
Viejas manecillas oxidadas
Que ya ni a mano se cambian.
Viejo reloj de cuco
Alto, delgado y grande
Sin cristal, sin color
Que distinto eres de antes.
El tiempo se nota al pasar
Más por ti que por las horas
Viejo y descuidado, abandonado.
Ya no mides el tiempo
Con tu tic tac de siempre
Tan característico de ti.
Parado estarás eternamente.
¡Ay! reloj de la vida
Que siempre parado estás
El tiempo pasa
Y nadie te repondrá.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El invitado (relato de 40 palabras)

El inspector preguntó al detective, asombrado:
- ¿Cómo supiste que el invitado no era el asesino?
- Porque en la escena del crimen se encontró una nota con la lista de la compra y, el invitado no habla nuestro idioma, pero su esposa sí.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Soledad



Abres los ojos, a tu alrededor nada es lo mismo, un abrumador silencio lo ha invadido todo. La luz de un amanecer de colores imposibles ilumina un horizonte de soledad. Recorres el paisaje con tu mirada, kilómetros y kilómetros de ruinas de metal y ladrillo son lo único que puedes ver.
El aire es denso y neblinoso, todo está teñido de grises y negros, solo el sol a lo lejos pinta un color diferente, única señal de que no estás en una película muda de las de blanco y negro. Pero solo ese rojo tan lejano ha sobrevivido, al igual que tú que ahora lo observas preguntándote si igual que eres el último ser vivo del planeta, ese lejano espejismo es la última gota de color que queda.
Hace frío, quizá el suelo envuelto en asfalto y baldosa no sea el mejor sitio para sentarse, pero ahí estas en lo que una vez fue el corazón del mundo.
-Tanta inteligencia, tanta tecnología, tanta capacidad de adaptación y al final no sirvió de nada –te dices a ti mismo. El sonido de tu voz rompiendo el espectral silencio hace que no te sientas tan solo.
¿Y ahora qué? No queda nada, ni agua, ni tierra, ni vida, la más absoluta soledad, por no quedar no queda más que esa débil luz que está inmóvil entre las ruinas de lo que un día fueron altos edificios que buscaban el cielo como si se tratas de mecanizados brazos terrestres. SI, en efecto, la difusa luz de ese cálido color parece congelada como si fuese más una pintura que algo real.
Nunca pensaste que echarías tanto de menos el verde de los arboles, el azul del cielo, el marrón de la tierra…, solo el rojo del fuego se burla de ti inalcanzable.
Entonces, sin pleno aviso, el pánico se apodera de ti. Tus manos te tiemblan, tu corazón se acelera, sientes que te cuesta respirar, te haces un ovillo con tu cuerpo para intentar protegerte de un peligro que no existe, tus ojos se cierran de nuevo como si eso fuese a servir de algo….
De repente escuchas un fuerte Pum que te sobresalta. Ahí está otra vez, pum, pum, pum…. 
Poco a poco sales de tu estupor y como si de un sueño se tratase lejanas voces suenan en tus oídos, ¿será que estoy en el cielo y eso que escucho son ángeles? Te preguntas para ti mismo.
Por fin deshaces tu auto abrazo y te vuelves a sentar sobre el frío asfalto, la luz del día ciega tus ojos más luminosa que nunca, pero no hace falta ver para saber que no estás solo. Dejas que alguien te ayude a levantarte.
-¿Se encuentra bien? –pregunta una voz llena de vida.
-Mejor que nunca –respondes sonriente.
-Entonces no necesita ayuda. Que tenga un buen día –se despide la voz.
-¡Espera!, no te vayas.
-No me iré, lo prometo.
Al escuchar su promesa por fin el alivio recorre tu cuerpo, ya nunca más tendrás que tener miedo a la soledad.