miércoles, 7 de septiembre de 2016

La Playa



Mezcla de lenguajes

Uno de agua y sal,

Otro de arena salvaje

Mensaje de tierra y mar.

Hablan las olas

En la orilla

Y cuentan historias

A la arenilla.

Caricias de espuma,

Arena mojada

Y como la luna,

La playa cambia.

Pisadas pérdidas

Que son borradas

Por descalzos turistas

Fueron creadas.

Playa de sueños

Y de enamorados,

Paisaje de cuento

Ha sido creado.

jueves, 1 de septiembre de 2016

¿Rescate?



¿Cuánto tiempo llevas ahí?
Ya te has olvidado. Puede que haya pasado un año, o tal vez más. El tiempo pasa muy despacio en la oscuridad de la noche.
Noche, la cama vacía, la ventana abierta y, una sombra recortada bajo la luz de la luna que sonríe medio escondida a todo el que quiera observarla.
Nadie pasa por la calle, todos duermen.
Nada indica que esta noche pueda ser diferente a cualquier otra desde hace meses, hasta parece que el aire no ha cambiado.
El reloj de la pared marca lentamente los segundos. Ya es casi medianoche. pero tú no tienes sueño, no puedes dormir, nunca duermes.
De pronto tus ojos se fijan en un elemento que nunca había estado allí, algo nuevo.
Una figura camina por la calle en dirección a la casa, pasa bajo la ventana, pero sigue caminando.
Qué raro, piensas, las visitas solo son diurnas y, además suelen ser grupos numerosos que nunca has visto volver a salir d la vivienda. Seguramente está ahí por casualidad, pero nada es casual en este lugar. ¿Qué motivo tiene el visitante para pasear por la solitaria calle a estas horas de la madrugada?
No sabes la respuesta, por eso te dedicas observar. Si hay un motivo pronto lo sabrás.
Silencio, el extraño (o extraña, no puedes saberlo aún) se detiene un poco más allá, casi fuera de tu campo de visión.
Tu mirada se desvía, sea el motivo que sea por el que se ha parado allí a ti no te interesa o, eso es lo que quieres creer.
La calle vuelve a quedar vacía como si nadie la hubiese atravesado, porque nadie lo ha hecho.
Unos golpes en la puerta te devuelven a la realidad, llaman a tu cuarto.
—Pasa— le indicas mientras te separas de la ventana— está abierto— luego murmuras para ti—. Siempre lo está.
La puerta se abre y la luz del pasillo ilumina el dormitorio.
El extraño visitante se encuentra ahora frente a ti, junto al dueño de la casa. ¿Qué querrá? Hace meses que no ves a nadie, o mejor dicho, nadie externo a la vivienda ha venido a visitarte en meses.
El visitante te observa desde la puerta, parece saber en qué estás pensando.
Sé en qué estás pensando.
Te preguntas quien soy y qué hago aquí, a pesar de que deberías saber ambas respuestas.
***


El sol asoma por el horizonte, es un sol frío que casi no ilumina, un sol de invierno.
La maleta en la puerta, el abrigo en la mano y, una sonrisa de alegría por marcharte de aquí. Ya está todo, no te olvidas de nada.
El juez invisible al que todos obedecen ha pactado un trato con tu “carcelero”.
Para ti, esa mansión fantasmagórica y misteriosa, ha sido como una cárcel durante todos los meses que has estado allí.
Yo, mensajero y guía, he venido a darte la buena noticia y, a llevarte de nuevo a casa.
La puerta se abre. Arrastras la maleta hasta la entrada aún desierta.
Un frío helador se cuela en el recibidor.
Quien fue tu anfitrión durante los últimos meses no ha venido a despedirse, aquí solo estamos tú y yo.
Yo no llevo más equipaje que el abrigo, pues extrañamente en los alrededores de la casa hace mucho frío, incluso en verano.
Son solo las siete de la mañana, el reloj de la pared comienza a sonar. Falta una hora para que los visitantes, si viene alguno, comiencen a llegar, es el momento de irse.
Salimos a la fría y solitaria acera de baldosas blancas.
La puerta se cierra a nuestras espaldas.
Comenzamos a caminar calle arriba junto a la pared sin ventanas, a excepción de la ventana del que fue tu dormitorio durante los meses que has estado aquí.
El viaje comienza en silencio, pues no parece que tengas preguntas. Sabes quien soy y, sabes que soy tu amigo.
Yo tampoco tengo nada que preguntar. Te conozco desde que naciste. Lo se todo sobre ti, pero estos últimos meses no me interesan. Lo que haya pasado solo te concierne a ti.
La calle se vuelve camino, las paredes de la casa, en un frondoso bosque y, la acera de enfrente, en un río de oscuras aguas. Parece un espejismo, pues las primeras ramas que vemos se confunden con los ladrillos como si fueran parte de ellos. Sino fuese porque has estado dentro, dirías que lo falso es la casa, pero tocas las ramas y, los ladrillos, ambos son reales. Los ladrillos, ladrillos y las ramas, ramas.
Cuando la acera de enfrente se convierte en río te separas de mi lado para comprobar que no te engañan tus ojos. El agua está quieta, inmóvil en su cauce, casi parece que está allí pintada. Te inclinas en la orilla, tocas la acera, es acera, luego alargas tu brazo para tocar el agua. Yo te detengo, me miras asombrada, no me has oído acercarme, pero ahí estoy, a tu lado.
—No –te digo—, no hace falta que la toques, es agua.
Tú asientes no muy convencida, preguntándote por qué no puedes tocarla, pero te guardas la pregunta. Conociendo al dueño de la casa y alrededores, sabes que no te gustará la respuesta.
Seguimos el camino de tierra que antes era una carretera.
Poco a poco la casa se aleja hasta perderla de vista por completo.
Todo está en silencio. No se escucha nada, ni el ruido de las ramas, mecidas por el viento, ni el ruido del agua al moverse por el río, ni el sonido de ningún animal, y lo más abrumador, ni siquiera el sonido de nuestras pisadas. Todo está tan quieto, y es tan igual, que parece inmóvil, estático, sin vida, como una fotografía con perspectiva que engaña al observador, haciéndole creer, que esos dos seres que aparecen en ella, se mueven por el camino, cuando en realidad están tan quietos sobre el papel, como los otros objetos que aparecen en la imagen.
Tan solo hay una hora, andando despacio por el sendero, hasta la puerta de la extraña finca, pero esta queda al otro lado de un lago de profundas y oscuras aguas, que es imposible de bordear y, solo se puede cruzar en barca.
El barquero aparece a lo lejos, arrastrando una densa niebla conforme se acerca a nosotros. Solo nos queda esperar con paciencia a que llegue a nuestra orilla. Inmóviles, como las estatuas, con la mirada fija en el infinito y, casi conteniendo la respiración, vigilamos su avance, sin prisa, pero sin pausa, en nuestra dirección.
El barquero para en la orilla, es un hombre muy pálido y delgado, casi parece un esqueleto. Una negra capa de viaje cubre su cuerpo y su rostro. El hombre nos mira con cara de pocos amigos. Yo meto la mano en mi bolsillo y saco una moneda de oro. Él la acepta y, sin pronunciar palabra, nos indica que subamos.
Te ayudo a subir, aunque en realidad no necesitas esa ayuda.
La barca de remos se aleja de la orilla internándose en la niebla. No se ve nada, solo la embarcación, su barquero, tú, yo, y el agua negra que es movida por los remos.
La pegajosa humedad empapa la tela de nuestros abrigos, mientras que la capa del barquero parece estar seca.
Hace ya bastante que dejamos la orilla atrás. Desde el borde el lago parecía más pequeño, pero en este extraño lugar las distancias son engañosas.
***

La niebla comienza a apartarse y, las aguas se van aclarando. La otra orilla se divisa a lo lejos, aún a una razonable distancia. Cuando la niebla se aparta finalmente, la orilla está justo delante de nosotros.
Te ayudo a bajar y, como por arte de magia, la barca desaparece a nuestras espaldas.
La gran puerta de verjas negras está al final del sendero, aparentemente situada inútilmente en medio de nada, como una valla que alguien se ha olvidado allí.
La pradera, de un verde imposible, se extiende indefinidamente a ambos lados del camino.
En la lejanía también se distingue una sombra negra que custodia (cosa que parece absurda) la puerta desde el otro lado.
Sin decir nada (como hasta ahora), caminas a mi lado. Tu cara no tiene ninguna expresión, al igual que la de un muerto, parece la cara de una estatua, tan poco humana como las de los templos.
En un puñado de pasos alcanzamos la puerta. El enorme perro que la guarda nos mira (en realidad, son tres enormes perros negros que nos observan con precaución). La puerta (Vista ahora de cerca) une un gran muro que se pierde en el infinito tanto en altura como en longitud.
Nos acercamos un poco más, con cuidado, pero los perros se incorporan y nos amenazan con sus ladridos. Es imposible atravesar la puerta sin pasar junto a ellos, menos mal que estoy preparado para esto. Saco, del bolsillo de mi capa de viaje, una flauta y comienzo a tocar una dulce melodía. Pensarás que es mejor darles salchichas, pero, realmente, en ese caso no lo es. Los animales se duermen como seres inofensivos y, finalmente podemos pasar a su lado sin peligro.
La melodía suena aun en el aire cuando introduzco la llave en la cerradura. La puerta chirría pero los perros no se despiertan.
La puerta se cierra a tus espaldas y, la melodía se termina de golpe.
***
El paisaje ha cambiado por completo.
Tú tanteas la dura pared de roca en busca de la puerta, pero es inútil, solo es roca.
Nos encontramos en lo más profundo de una cueva.
Las paredes son de roca, las estalagmitas y estalactitas han crecido sin control por toda la sala, formando algunas columnas que parecen sujetar el techo. El arenoso suelo está mojado, debe de haber agua por aquí cerca.
Comenzamos a andar.
Tú arrastras la maleta sobre la arena húmeda, mientras observas el paisaje a tu alrededor, como si lo vieses por primera vez, como si no hubiese existido tu camino de ida a es lejana casa, que ahora parece un producto de tu imaginación.
Realmente es sorprendente este lugar, donde todo es diferente a cada momento.
La estancia no es muy grande y, en unos pocos minutos hemos alcanzado la salida.
Ahora nos encontramos en una sala encharcada, a lo lejos se oye el sonido del agua al fluir. En alguna parte, tal vez fuera de la cueva, un rio fluye, libre y vivo, símbolo de lo que nos espera cuando por fin abandonemos este extraño mundo cambiante, mudo y muerto.
Caminas a mi lado, pero parece que fueses a echar a correr en cualquier momento. Tienes prisa por salir a la luz del día y, alejarte de ese extraño lugar, envuelto en alguna clase de hechizo.
El agua se escucha más cerca a cada paso. La luz se cuela por la abertura de la cueva, iluminando parte de la rocosa sala.
Te diriges hacia ella y, sin darte cuanta, cedes a tu impulso y, comienzas a correr hacia la salida.
Te sigo sin prisa. No te vas a marchar a ninguna parte. Cuando llegue a la entrada, tú estarás allí.

sábado, 20 de agosto de 2016

El viaje

-Por fin -fue todo lo que dijiste al verme.
No tuve ni que explicarte qué hacía allí, tú cogiste la maleta que nunca habías deshecho y te dirigiste a la puerta saliendo por delante de mí.
Fuera era de día, pero la densa niebla no dejaba ver más allá de nuestros pies. ¿Lo recuerdas?
Tú arrastrabas la maleta anunciando nuestra presencia con el irritante ruido de las ruedecitas desgastadas contra el pavimento. Yo por mi parte no llevaba más que una mochila a punto de explotar y un bolso para tener más a mano lo más útil, pero en realidad era imposible encontrar nada en su desordenado interior.
La estación del tren se encontraba vacía. Extraño a esas horas del mediodía en las que la gente regresaba a sus casas para comer. Solo un viejo tren de vapor se encontraba estacionado en el solitario andén a punto de partir, parecía esperarnos justamente a nosotros.
El revisor muy amablemente nos llevó hasta nuestros asientos, los únicos del vagón que permanecían vacíos. Tú escogiste el que estaba junto a la empañada ventana y, mientras yo guardaba tu maleta en el compartimento sobre nuestras cabezas haciendo un gran esfuerzo para que cupiese sin que se cayese en el poco hueco que quedaba libre, te dedicaste a limpiar el cristal con tu mano izquierda para poder ver lo poco que la densa niebla mostraba.
Al cabo de un rato de haber abandonado la estación el revisor pasó junto a nosotros ofreciendo periódicos de la semana anterior. Yo cogí uno, el viaje era largo y venía bien estar entretenido. Tú me pediste el crucigrama y abandonaste la imposible tarea de intentar ver el exterior por la de completar la telaraña de palabras que el noticiero te obligaba a recordar por medio de deniciones más acertadas, o menos.
-Estación de las afueras - anunció el revisor por megafonía.
El tren se detuvo un par de minutos después y algunos de sus pasajeros abandonaron el vagón. Tú y yo permanecimos en nuestros asientos ajenos al movimiento de los otros viajeros.
Al poco tiempo de dejar denitivamente atrás la ciudad, la niebla desapareció dando paso a campos desiertos y carreteras repletas de traco que se mostraban ante nuestros ojos como guras difuminadas bajo una na llovizna. La tenue luz del sol ltrada a través de las oscura nubes era otro característico indicador de la época del año en la que nos encontrábamos. Tú dejaste el crucigrama sobre tus piernas y te dedicaste a observar como las gotas de agua caían por la ventana compitiendo por llegar las primeras al frío suelo para unirse luego todas en el barro que rodeaba las viejas vías.
Poco a poco el tren se fue vaciando. En cada nueva estación se bajaba algún pequeño grupo de pasajeros, pero era raro que subiese alguno nuevo. Tú te habías quedado dormida. Yo revisaba, una y otra vez, el crucigrama que habías dejado a medias hasta no estar seguro ni de mi propio nombre.
Por n llego nuestra parada, la última de la línea. No quedaba nadie más en el tren y tampoco se veía a nadie en la estación.
Ya había anochecido, las nubes se habían marchado dejando paso a una luminosa noche estrellada. Nos dirigimos a un hostal cercano, el local era bastante cutre: un edicio viejo tanto por fuera como por dentro, habitaciones con no más que lo básico y para cenar una simple sopa recalentada. Aún así siempre es mejor algo que nada.
Por la mañana amaneció un día mejor que el anterior, seguía haciendo frío, pero el sol brillaba cansado en el cielo sin nubes. Tú y yo alquilamos un viejo coche de caballos para continuar nuestro camino de regreso a casa. Era un carro de metal algo oxidado con altas ruedas demasiado grandes para él, tirado por dos cansados y desmejorados caballos de un gris sucio que, parecían ir a juego con el tiempo tan melancólico que nos estaba acompañando esos  días.
La verdad era que el paseo por aquellas praderas repletas de marrones, rojos, amarillos y algún que otro verde resultaba agradable y relajante.
-No recordaba estos paisajes después de tantos años viviendo tan lejos  - Confesaste observando y absorbiendo todo lo que nos rodeaba para seguramente no olvidarlo nunca- La ciudad es tan distinta...
Yo me limité a sonreír ante tan clara evidencia. ¾Quién puede comparar esos prados, su colorido y su silencio, con la gran ciudad, gris y ruidosa que te agobia con sus laberintos de ladrillo y piedra? Desde luego, el campo era mejor.
El camino comenzó a ascender. Nos encontrábamos en la ladera de un alto monte y el paisaje cada vez se iba volviendo más verde y frondoso. Ya a media mañana el bosque nos había rodeado por completo. Las hayas y los álamos crecían altos hasta el cielo haciendo aún más tenue la luz del lejano sol. Pronto dejamos de poder avanzar con el coche y desenganchamos los caballos para continuar nuestro camino cabalgando sobre sus lomos mientras la vegetación lo permitiese.
Al anochecer acampamos a la orilla de un riachuelo que debía nacer cerca de allí, dejamos los caballos atados a los arboles y dormimos al aire libre. La noche era fresca, pero se estaba bien.
Al día siguiente atravesamos el bosque en dirección a la cumbre y durante dos días más ascendimos por los empinados senderos rodeados de vegetación que cambiaba poco a poco de hayas a pinos. Hasta que a mediados del tercer día el número de árboles comenzó a descender y la hierba a escasear. Decidimos liberar los caballos y continuar esa última parte a pie.
Poco a poco dejamos atrás el bosque y comenzamos a escalar por un sendero entre las rocas. Los restos de alguna reciente nevada se dejaban ver cada pocos metros.
-No recordaba lo alta que estaba el pueblo - comentaste cuando la nieve cubrió el camino.
-Ya falta poco, llegaremos al anochecer - fue mi respuesta.
En efecto. Cuando el sol ya empezaba a ocultarse por el horizonte de aquel blanco mar de montaña, un pueblo de blancas paredes de piedra y negros tejados de pizarra apareció en la distancia.
-Ahí está, el hogar de nuestra infancia - señalé con tono alegre.
-Ya hemos llegado - respondiste y sin esperarme echaste a correr entre la nieve arrastrando la maleta tras de ti.
Te seguí hasta las casas y recorrimos las nevadas calles hasta una en concreto. Te paraste ante una puerta de madera de pino en la plaza del poblado. Tu mano se acercó a la lisa supercie pero se quedó inmóvil unos instantes antes de que te decidieses a llamar.
Tras una corta espera la puerta se abrió y una mujer de edad indeterminada apareció al otro lado. Sus ojos eran del color de las hojas en primavera, como los tuyos. Su cabello del color del trigo y la piel blanca como la nieve.
-Madre -murmuras con un tono quizá demasiado neutro.
- Perséfone -Te llama ella.
Las dos permanecéis de pie mirándoos jamente sin atreveros a reaccionar. Entonces soltaste la maleta y caíste en sus brazos.
-Madre, te he echado tanto de menos -reconociste por finn.
Ella levantó la vista un instante y sonriendo me dio las gracias por haberte traído de regreso.
-Hermes, ¿te quedarás a cenar? - me preguntó.
-Gracias Deméter, será un placer.
Aquella noche nos sentamos los tres a la mesa y comenzaste a relatarnos tus aventuras en la ciudad.

lunes, 25 de julio de 2016

La niña y el pez

Pez: niña que el mar miras,
Que sus infinitas aguas admiras,
Niña que vives en la orilla
De este mar que es toda tu vida,
Dime tu amante de lo infinito,
Dime a mí que en el mar habito,
¿Cómo es el mundo que tú has visto?
Dime niña sentada en ese camino.
Niña: O pez que en el mar vives,
Tú no sabes cómo es de triste
Este mundo en el que vivo,
Todo muerte y odio, todo,
Aunque hay amor escondido,
Escondido en los rescoldos
De lo que se ha sentido.
Pez: que triste descripción
Del mundo de ahí fuera,
Creo que prefiero yo
El agua a la tierra.
Niña: ¿Y el agua?, ¿cómo es el agua?
Pez: verde, llena de algas,
Tiburones hambrientos,
Otros peces, mamíferos, plantas
Y animales sin esqueleto.
Niña: cuanta vida hay escondida
Bajo esas oscuras aguas,
Y sin fronteras, toda unida,
Da igual donde vayas.
Pez: ¿Y tus ríos, tus montañas?
¿Y tus bosques, y las playas?
Niña: Montañas en el mar hay,
Y los bosques son de algas,
Mis bosques son distintos
Y con los años se han perdido.
Pez: ¿Por qué se pierden tus bosques?
¿Al suelo no están unidos?
Niña: pero a esos pobres árboles
El fuego se los ha comido.
Pez: ¿Qué es el fuego?
Niña: un tiburón hambriento
Que arrasa con todo lo vivo
Y también con lo que está muerto.
Pez: creo que mi mundo prefiero
Pues ese fuego que has dicho
Parece más peligroso que cien tiburones unidos.
Niña: Yo también el mar prefiero,
Aunque viva en la tierra,
Pues es tal como quiero
Que fuera el mundo de fuera.